¿Cómo demuestra un político su honestidad?

La oposición le espeta al gobierno: “Irresponsables e insensibles”. El gobierno le contesta: “Corruptos”. Esta especie de diálogo público mantuvo en vilo nuestras opiniones durante este último año, sin embargo, ahora aquél se convierte en cedazo electoral. Alegatos como “robaron, pero hicieron” o “harán sin robar” parecen ser las frases con que unos juzgan al presente y otros apuestan al futuro. Sin embargo, en épocas donde judicializar la política resulta tan probable como politizar la justicia, también puede acontecer que ser responsable no necesariamente implique ser honesto y que la honestidad no baste para dar respuesta política.

Actualmente los actores políticos tejen y son tejidos en una trama donde la oposición clava la aguja de la “responsabilidad política” y el gobierno saca el punto de la “honestidad”. Sin embargo, no hay que llamarse a engaño, ellos, al igual que nosotros, saben que están hablando de lo mismo y que se sintetiza en la cuestión de cómo prueba el político su honestidad. Sin embargo, yo al igual que muchos con-ciudadanos nos preguntamos otra cosa: ¿Cómo demuestra un político su honestidad?

Probar y demostrar son asuntos diferentes, el primero está cortado por la honestidad, el segundo está moldeado por la decencia. Si bien es cierto que la honestidad es un modo de ser de lo apropiado (conveniente), ser decente es una virtud que excede por mucho la prueba de la honestidad. Un ejemplo de la historia nos puede ayudar a ilustrar este asunto.

Nos recuerda el periodista Miguel Bonasso (Página 12, 8 de julio de 1998) que el día 29 de abril de 1953 Héctor Cámpora se presenta ante el presidente Perón y, previa recreación de la metáfora de Nicolás Repetto sobre la honra y los perros, le dice: “Aquí le traigo la declaración de bienes. Le ruego que me investigue. Si soy honesto que se sepa. Si no lo soy, que se me sancione”. Frente a las acusaciones de corrupción a las que estaba sometido Cámpora, por entonces presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, la frase “si soy honesto que se sepa” no solo es desgarradora, sino gélida.

El que hace pone a prueba su honestidad, sólo haciendo se puede saber si el político es honesto. La honestidad se “prueba”, de allí el lacónico sentido de su pedido. Si la honestidad se “prueba”, es porque otro percibe que falla. La honestidad nunca viaja sola, siempre va con el escándalo. Por eso la falta de honestidad dura lo que dura el escándalo y las capacidades que tengan los actores de cultivarlo y auparlo. Ese es el meollo trágico de la honestidad. La honestidad no es reputación, es decir un reservorio moral al cual echar mano, la honestidad siempre está a prueba; nadie mira la honestidad pasada, como así tampoco su promesa, la honestidad está anclada siempre en el aquí y ahora. El político, el que ocupa cargos de elección popular, está condenado a “probar” su honestidad justamente porque hace: rendir cuentas es el precio a pagar por hacer.

Desde la Gloriosa Revolución de 1688 la política moderna ha iniciado una constante separación entre la responsabilidad política de aquella de índole penal. Lo que da por resultado que un gobernante puede ser un irresponsable político pero apegado a Derecho. Sin embargo, lo que los demócratas no podemos admitir es justamente lo contrario: que por dar respuesta política a las demandas ciudadanas terminen actuando contra Derecho. Esta es la línea de la honestidad, es un hacer político que se dirime en tribunales.

Si concluimos que la honestidad no se demuestra, sino que se prueba frente a otra persona que la exige, el político honesto está en un verdadero problema. Si nadie le exige que pruebe su honestidad carece de posibilidades de presentarse frente a los ciudadanos como honesto. En épocas donde hay una falta generalizada de honestidad, los políticos que tienen que “probar” su honestidad acaparan la atención de los públicos que conforman la opinión pública. El político honesto se pierde entre la multitud, está fuera de foco. Entonces cabe la pregunta: ¿Cómo demuestra un político su honestidad? La única respuesta que se me ocurre es: por medio de la decencia. Ésta, ante todo, es una virtud que se ejerce para consigo mismo. Ser decente es ser-apropiado para las tareas que mis con-ciudadanos me han delegado. Ser decente consiste no sólo en no aceptar aquello que es ilegal, sino también en no comprometerse en aquellos asuntos en que claramente son incompetentes. La decencia trabaja de manera invisible y solitaria para que nunca llegue el momento de “probar” la honestidad.

El político honesto tira algo más que su honra a los perros, tiene que estar dispuesto a decir que no, aunque un no lo excluya de la vida política. La política está hecha de tentaciones y a los políticos, como a cualquier humano, le cabe la sentencia de Oscar Wilde: “Lo único que no puedo resistir son las tentaciones”. Cuando sabe que debería haber dicho que no, pero dijo sí, ya cruzó la línea entre la decencia y la honestidad. Entonces puede estar satisfecho: tendrá que probar la honestidad.

Dante Avaro

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CÓMO CITARLeer en PDF
Licenciado en Economía (Universidad Nacional de Río Cuarto, 1989), Master en Ciencias Sociales (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales Sede Argentina, 1994), Doctor en Filosofía (Universidad Nacional de Autónoma de México, 1998). Re-Entry Grant (Fundación Antorchas). Programa RAICES (MINCyT).

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