La persona candidata

Imagínese que acude a una tienda y que luego de una larga deliberación consigo mismo o bien por un simple arrebato estético compra un objeto redondo, verde y de metal. El dependiente de la tienda lo envuelve conforme a sus especificaciones. Contenta, llega a su casa, lo abre y se encuentra, para su asombro, con un objeto cuadrado, de color rojo y de plástico. Y con una etiqueta que dice: “No hay cambios ni re-embolsos. Gracias por su compra, lo esperamos nuevamente”. ¿Se siente indignada y estafada? ¿Se trata de un error del dependiente de la tienda? Quizá hasta llega a pensar que Usted cometió un error al indicarle el objeto que deseaba comprar.

Esta situación se parece mucho a las llamadas candidaturas testimoniales. Intendentes que se postulan a concejales, intendentes que se postulan a diputados, vice-gobernadores que integran listas de diputados, las combinaciones son vastas y seguramente responden a necesidades múltiples. Pero como en el caso anterior el consumidor no compra lo que tendrá, aquí el ciudadano no vota al que finalmente lo re-presentará.

Si al cabo de un tiempo Usted acude nuevamente a la tienda, el dependiente, por las razones que tenga, pensará que Usted ha convalidado su juego: le gusta comprar algo verde y que le entreguen algo rojo. El único límite para las candidaturas testimoniales no reside en la moral, sino en la imaginación y sensibilidad lúdica, pero no sólo de los otros, sino ante todo de aquel que inicia el juego. Este asunto se presta a múltiples aristas especulativas, pero una, debo confesarlo, me atrapa: ¿Qué pensará la persona candidata testimonial de sí misma?

Los casos que aquí interesan no son aquellos constituidos por personas populares, famosas o reconocidas por la opinión como públicas, que deciden prestar testimonio por simpatía ideológica o por una gran causa, sino que son políticos que ocupan cargos de elección popular, que se ofrecen a dar testimonio para ocupar cargos de elección popular. No está en juego su re-elección, ni siquiera se someten a una competencia que los pudiera dejar fuera del juego del poder. Si bien es cierto que retener y maximizar los recursos del poder obran como potencial fundamento sobre “el para qué” de su accionar, su práctica testimonial requiere una motivación extra y ahí reside la cuestión de qué pensarán de sí mismos.

No hay que descartar en este asunto la respuesta más sencilla, pero también más contundente. Lo hacen simplemente porque pueden hacerlo. Sí, lo sé, suena a estupidez. Pero quiero recordar que de estulticia también está constituido el asombro. Y hacer algo por la única razón que se puede, es una forma de contrarrestar la demoledora afirmación que hiciera Mark Twain en sus Notebook: “La fama es puro humo y la popularidad, un accidente: la única certeza terrenal es el olvido”.

El hecho de que el político que ocupa cargos de elección popular pueda participar en contiendas de elección popular obedece, entre múltiples factores, a que no hay nadie dentro de su partido u organización política que le diga: “No”. Lo cual lleva a enredar la estupidez de su accionar con la soberbia. Si se sabe un político mediocre la convalidación de su testimonio le permitirá creer que tiene unos talentos políticos inigualables. Si ya cuenta con talentos políticos valorados, se creerá imprescindible. Si el destino de muchos depende de su accionar, creerá que está destinado a modificar de raíz los destinos de la sociedad argentina.

En la variedad de circunstancias en donde se fraguan las candidaturas testimoniales se fabrican, también, los micro-relatos que permiten aupar la imagen que de sí mismo tienen los testimoniantes. Pero, no hay que perder de vista que aun siendo testimoniales, a los candidatos se les aplica la general de la ley: la persona candidata es la que busca algo. En el mundo romano, que es de donde proviene dicha palabra, era un petitor (y por tanto sus rivales eran competidores) que llevaba una toga blanquecina para ser identificado por los asistentes al foro. Sin embargo, para los rioplatenses un candidato también es una persona cándida a la que se puede fácilmente embaucar. Todo candidato debería tener muy en claro qué es lo que busca, no vaya a ser que algún otro lo esté utilizando a él y a sus recursos políticos para hacer algo en donde él ya no será imprescindible.

Dante Avaro

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CÓMO CITARLeer en PDF
Licenciado en Economía (Universidad Nacional de Río Cuarto, 1989), Master en Ciencias Sociales (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales Sede Argentina, 1994), Doctor en Filosofía (Universidad Nacional de Autónoma de México, 1998). Re-Entry Grant (Fundación Antorchas). Programa RAICES (MINCyT).

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