Macri en domingo

Hoy, domingo 9 de diciembre, quizá el presidente Macri tenga un pequeño descanso. La breve escapada a la Patagonia no cuenta. Al menos un breve espacio evaluativo, junto a sus más cercanos colaboradores, sobre la organización del G20. Quizá se tome unos breves minutos para contemplar la interminable sesión multimedia que hizo foco sobre su rostro embargado de emoción durante la velada en el Teatro Colón.

Mucho se ha especulado al respecto. ¿Espontaneidad o acting? ¿Sinceridad o estrategia electoral? Muchos están tentados a pensar, y así lo expresan, que el presidente dejó salir su lado más humano. Que es lo mismo que decir que si fue intencional no es calculado. Discrepo. Si hay algo que le sobra a este presidente es su costado humano. Si errar es una de las más indiscutibles característica de lo humano, este presidente encarna el ideal griego de la fragilidad. Puesto que él ha dicho públicamente que yerra, además que toda su gestión parece estar atravesada por el error. Él encabeza un gobierno de errores y yerros. Desde una perspectiva pública no me interesa lo que le pasa al Sr. Mauricio Macri, sí, en cambio, me resulta atractivo especular sobre lo que le sucede al Sr. presidente Macri. ¡Y nada mejor que un domingo para practicar la especulación!

El niño inocente.  Creo que resulta innecesario, hasta fútil, discutir si el rostro del presidente estaba o no embargado de emoción. Lo que resta saber es qué tipo de emoción cruzó su cuerpo. ¿Gozo, placer, angustia o tristeza? Los moralistas franceses nos enseñaron que resulta imposible leer el corazón humano, sin embargo, sin contradecirlos, ni mucho menos, la mayoría de las veces resulta posible ubicar ese corazón en un contexto. Y ese contexto es de impotencia. Este es un gobierno que no tiene agenda pública en donde ejercer el poder. Impotencia, ya que la impotencia siempre tiene intencionalidad, más no cálculo. La impotencia, al igual que la sinceridad que la hace posible, simboliza el fracaso de los criterios morales para procesar nuestras decisiones públicas. El rostro de Macri, en la velada del Colón, inserto en nuestro contexto político puede sintetizarse así: – “Compatriotas, después de la moral, sólo nos queda la sinceridad”. Para un gobierno que ha pretendido hacer del yerro un valor público, el llamado a la sinceridad no es otra cosa que la postulación de un inocente nuevo comienzo. Casi como el pasaje nietzscheano del León al Niño. Pero aun un gobierno que yerra resulta sensible al devenir del poder menguado; se sabe vulnerable, pero quiere un nuevo comienzo, pero con él a su cabeza. El niño es inocente, pero reside en él una férrea voluntad de poder. Hegel irónicamente sostuvo que Bonaparte, a quién no había escatimado en elogios, tuvo que ser derrotado dos veces para que finalmente entendiera que ya había pasado su hora. Macri, y sus colaboradores, piensan que Bonaparte es la senadora Cristina Fernández, lo que ignoran, probablemente, es que la Historia siempre dispone caprichosamente sus zancadillas. Lo único que tiene el presidente Macri para ofrecer es impotencia, es decir, sinceridad.

“El domingo de la vida”. Hablando de Hegel resulta interesante recordar que éste afirmó que la especulación filosófica intentaba reunir y reconciliar “los días laborales de la semana” con “el domingo de la vida”. Raymond Queneau publicó una novela con este título, mientras que el realizador Jean Herman, en 1967, la llevó al cine (Le Dimanche de la vie). Queneau se interesó en este asunto porque asistió al famoso seminario sobre la Fenomenología del Espíritu dictado por Alexandre Kojève a principio de la década del 30 del siglo pasado. Como se sabe, Kojève hacía énfasis en que lo irrazonable se inserta en lo razonable, pero también interpretó a Hegel como el filósofo que pone el verdadero acento en lo real y lo real consiste en que los hombres se matan por asuntos que son “irrisorios”. Hay días, debo confesarlo, que pienso que Macri y sus más cercanos colaboradores saben demasiado bien eso, en otros momentos, pienso que lo ignoran. Los días que pienso que lo saben siento temor, ya que fundar la política sólo en la sinceridad es un asunto peligroso. Entre otras cosas, porque el sincero tiene que ser auténtico y éste no puede ser indiferente. Y hay que decirlo: una dosis adecuada de indiferencia resulta vital para la tolerancia, también para la democracia. Los días que pienso que ignoran este asunto siento, lo confieso, escalofríos. Porque una forma de interpretar “irrisorio” es estupidez. Y en este sentido hay que recordar que la estupidez siempre recae en el otro. Pero hay que saber que la única forma de reconocer la estupidez es en su fracaso y éste siempre se inscribe en la Historia, es decir, cuando logramos dar sentido a nuestras acciones públicas.

El niño inocente no es inmune a los asuntos “irrisorios”, es más, los domingos suelen ser días aptos para las trifulcas domésticas.

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