¿Sufre Francia o la UE?

Los fenómenos políticos y sociales son significativos para sus actores. Les hablan a ellos por decirlo de una manera simple. Pero también interpelan a observadores distantes. Vistas desde Argentina, las persistentes y eficaces manifestaciones en Francia parecen algo familiar, aunque lejano.

Para un observador distante, como quien escribe, resulta muy difícil comprender cabalmente la dimensión de las demandas que han desatado esa especie de furia social que recorre Francia. Sin embargo, lo dramático de las imágenes nos conmina a ver el conflicto francés con un lente más amplio. No olvidemos que, entre otras cosas, el presidente Macron ha simbolizado, hasta ahora, una pequeña luz de esperanza para la democracia occidental.

Macrón llegó a la escena internacional luego de dos grandes derrotas para la democracia occidental y sus valores: el Brexit y el triunfo del presidente Trump. Sin embargo, inesperadamente, en este momento el joven presidente francés parece ser como la llama de una vela dispuesta entre el aliento de dos gigantes: China y Estados Unidos. Veamos.

Macron asumió la presidencia con dos promesas: por un lado, tras el Brexit, volver a colocar a Francia en la mesa chica de las decisiones de la Unión Europea; pero, en segundo lugar, implementar una reforma estructural del sistema de bienestar francés (lo que incluye, claro está, la institucionalidad del propio estado).

Al día de hoy, estas dos agendas no parecen tener ningún tipo de resultados. La Unión Europea ha quedado atrapada entre las rencillas de los dos gigantes, lidiando ahora con sus problemas domésticos sin una perspectiva global que les permita encauzarlos. El Brexit es una enorme complicación que por ahora no halla ni una salida eficiente, ni, menos aún, digna.

Es razonable entender que Francia, viéndose limitada a la hora de jugar el juego internacional desde la UE, se vuelve más vulnerable a la agenda doméstica, es decir, puramente francesa. Y ésta sigue siendo muy clásica, es decir, estatal y bienestarista. En consecuencia, hasta el momento, el sueño de modernizar el país galo parece diluirse como agua entre las manos del presidente.

Los ciudadanos franceses tienden a asociar, al igual que en muchos otros países, dos nociones que en la actualidad resultan divergentes: bienestar y puestos de trabajo. En este sentido, vale afirmar que el fondo del conflicto desatado por los chalecos amarillos no es el precio de las gasolinas, como tampoco fue Uber hace unos años.

El meollo del asunto, aunque no siempre los actores de primera línea lo tengan en claro, reside en que Francia no ha logrado ofrecer a sus ciudadanos una solución a la cuestión de cómo se mantendrán niveles de bienestar en un mundo que está reconfigurando el concepto y práctica de los puestos de trabajo. Macron prometió una solución a este asunto, y por ahora no lo ha logrado.

Ahora bien. La cuestión planteada en el párrafo precedente engloba, en verdad, a toda la Unión Europea. Así pues, lo que Francia simboliza en estos momentos es un agotamiento de la propia Europa. De ese mismo continente del que, como es habitual, esperamos una propuesta inteligente, creativa y, fundamentalmente, democrática que nos permita hincarle el diente a ese gran problema redistributivo que es la transformación del mundo del trabajo.

Por ahora el presidente Macron está extraviado, tanto como cuando llego a Argentina, sin coordenadas, ni mapas, casi al tanteo. En medio del fuego cruzado entre los gigantes, no parece encontrar salida. El resto de la UE, tampoco.

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