Palabras mañosas

Hay palabras grotescas, bastas, socarronas, también graciosas, polifónicas, endebles, esperanzadoras; las hay sumisas, vacuas, potentes, ladinas y hasta “maldidisputadorembrollicad[as]” como aquella inventada por Aristófanes en Las Nubes. En ese universo de palabras hay una que es deseada, pero insensible; contagiosa, pero filosa; deliciosa, pero tóxica. Y resulta tan deseada, contagiosa y deliciosa que nadie deja de usarla, a pesar de que todo lo que toca se vuelve insensible, casi como el acto mismo de destazar lo viviente. Y no deja de intoxicar a las otras palabras que siempre entran en su auxilio. Me refiero a la palabra consenso. Me digo una y otra vez que la pobre palabra no tiene la culpa, que la responsabilidad es nuestra por usarla a diestra y siniestra. Sin embargo, no dejo de pensar que es una palabra mañosa, quizá hasta ladina.

Cuando una persona, particularmente un político, pero no exclusivamente, no tiene la menor idea de cómo salir de una situación compleja invoca la palabra consenso. Y por supuesto aparecen con ella sus aliadas naturales. Éstas varían en cada cultura política, dada la función que tengan al interior de sus tradiciones y formas de resolver (o perpetuar) problemas públicos. En nuestro país no puede faltar: “acuerdo nacional”, “mesa de concertación”, “consejo”, “mesa de diálogo”, entre las más recurrentes. Todas estas palabras evocan e invocan un común denominador: diálogo.

“Dialogar” es delicioso, contagioso y deseable. ¿Quién renunciaría a dialogar? Probablemente, siguiendo la inmortal caracterización aristotélica, sólo una bestia o un dios podrían renunciar a dialogar. De las bestias tengo mis dudas, pero de Dios ninguna. La soledad es demasiado aburrida, Dios prefiere compartir su omnipotencia a cambio de dialogar, aunque sea, un poco.

Pero lo que el político, con su astucia de salir del paso, no dice (o simplemente desea ignorar) es que “dialogar” implica la intervención de palabras que siempre resuenan, a diferencia del diálogo, muy aburridas, tediosas y enfadosas. “Dialogar” implica constancia, perseverancia, involucramiento, en definitiva, laborar y trabajar.

Y si de algo podemos estar seguros es que dialogar insume una ardua labor, al igual que requiere un gran trabajo. Se involucra el cuerpo, y con él, también el tiempo. El político, o el que juegan a serlo, desea o quiere que la palabra “consenso” resuene en su auditorio como un enunciado performativo. Pero para que así se entienda es preciso que dialogar sea algo que se pueda hacer. Y actualmente, dado nuestro estado de la cultura política, no parece ser la situación.

Dialogar cuando no hay sobre qué dialogar sólo tiene una solución: hacer cosas con palabras (para usar el título del famoso texto de Austin). El político sabe, y el que juega a serlo lo intuye, que dialogar requiere ese acto performativo. Cualquier aseveración descriptiva sale sobrando cuando no hay diálogo, sólo prometer en primera persona crea un horizonte donde no hay nada. El político sabe que debe producir hechos donde todavía no los hay. Pero a veces es cobarde o inútil, aunque siempre cabe la posibilidad que sea ambas cosas a la vez.

Nuestra escena política está llena de bravucones políticamente cobardes. Son unos cretinos envalentonados toda vez que al vociferar no hacen otra cosa que escamotear el bulto a la labor del cuerpo y el trabajo de las manos.

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