¿Un Bolsonaro à la Argentina? No, de ninguna manera.

Recientemente, dado el triunfo electoral de Jair Bolsonaro, una fracción del círculo rojo no ha dejado de preguntarse si hay posibilidades para un proceso de “bolsonarización” à la Argentina. En esta breve nota sostendré que no hay evidencia que nos haga pensar que esa posibilidad se convierta en una realidad. Brindaré argumentos en dos direcciones diferentes, pero complementarias. En primer lugar, mostraré que en Argentina no están presentes ciertos aspectos que han coadyuvado a que en Brasil emergiera Bolsonaro. En segundo lugar, y tomando en cuenta algunas dimensiones del régimen político, sugiero que Argentina ha atravesado ciertos procesos antisistémicos sin producir un liderazgo antisistémico (para decirlo con el lenguaje que le preocupa a cierto grupo del círculo rojo sería: Argentina se ha “bolsonarizado” sin generar un Bolsonaro).

Introducción.

Para que la inquietud sobre una posible “bolsonarización” à la Argentina tenga cierta utilidad práctica en los razonamientos públicos, además de su intrínseco valor periodístico, resulta necesario advertir a la persona lectora que esta pregunta presenta dos dimensiones: una particularista, la otra generalista.

La dimensión particularista es cautiva de nuestra limitante cognitiva, ignorar este asunto nos conduciría al error de dejar de ver el bosque por querer identificar a un árbol en particular. Me explico. Intentar responder a la cuestión de si resulta posible que emerja en Argentina un líder como Bolsonaro, implica echar mano de dos ejercicios intelectuales diferentes. Por un lado, para contestar esa pregunta sería necesario tener la capacidad de contar con un modelo analítico que sea capaz de aislar dimensiones, variables o indicadores con un mínimo de eficacia explicativa. Dada la complejidad y contemporaneidad de la coyuntura brasilera hace que este tipo de certezas conceptuales y precisiones empíricas se encuentren fuera de nuestras posibilidades cognitivas. Por otro lado, a sabiendas de lo anterior no pocos se sienten tentados a buscar un “candidato” (doméstico) que comparta ciertos atributos similares con el presidente brasilero (entendido éste como personaje, aunque lo correcto sería decir como auctor, el que “origina algo”). En este terreno la “bolsonarización” se reduce a observar las bravuconadas homofóbicas, los discursos misóginos o los latigazos verbales cargados de xenofobia; así no es de extrañar que los medios de comunicación interpelen al diputado Olmedo, quién acude a los programas de televisión del prime time con un pastor evangélico, como un posible “Bolsonaro” argentino. Sin duda, este camino de mirar el árbol porque no tenemos capacidad cognitiva para describir el bosque no nos llevará a ningún lugar. Es más, resulta peligroso porque puede que estemos mirando el árbol equivocado.

La dimensión generalista, por otra parte, intenta asir la inquietud planteada con un encuadre bastante diferente. La cuestión ya no se centraría únicamente en Brasil, tampoco en el personaje Bolsonaro, sino en los múltiples “Bolsonaros” que están emergiendo en las diferentes democracias a lo largo y ancho del mundo occidental. De este modo la pregunta originaria muta en esta otra: ¿Es posible que en Argentina emerjan candidatos antisistema? Así, la cuestión de la “bolsonarización” se intenta asir con un mayor paso en el diafragma: la etiqueta “antisistema”. La dimensión generalista, resignada al hecho que no contamos con las capacidades cognitivas necesarias para explicar este tipo de fenómenos, no se concentra en analizar los atributos de este tipo de líderes, sino lo que intenta hacer es entender de manera general el descontento democrático y relacionarlo con una gran variedad de discursos anti-sistémicos. El problema con esta estrategia es que la etiqueta “antisistema” es tan general que no resulta posible especificar en qué consiste ser, tener o hacer una acción anti-sistémica. Peor aún, tampoco se define con cierta precisión en qué consiste tener una actitud en defensa del sistema.

¿Qué significa defender el sistema?

La etiqueta “sistema” se usa tanto para referirse a la defensa del régimen democrático, del sistema capitalista o bien de ambos. Para analizar mejor esta cuestión conviene separar política de economía. Veamos.

Defender el régimen democrático. Algunas categorías de análisis se pueden utilizar de manera inequívoca para caracterizar la defensa que hacen los ciudadanos del régimen democrático representativo. Entre ellas podemos mencionar las siguientes: la importancia de los partidos políticos para la democracia, la relevancia atribuida al “voto” como herramienta para cambiar la realidad, la preferencia de la democracia frente a cualquier otro régimen político. A continuación, presento evidencia que sustenta la siguiente afirmación: los ciudadanos argentinos expresan una mayor defensa del sistema democrático representativo que sus pares brasileros.

Evidencia 1. 

Apoyo a la democracia. Los ciudadanos argentinos creen que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno en una proporción mucho más elevada que los brasileros. Aún en medio de la crisis del 2001-2002 casi un 60% de los ciudadanos argentinos apoyaban a la democracia, porcentaje de apoyo atípico para la democracia brasilera.

Evidencia 2

Aunque en Argentina los ciudadanos desconfíen de los partidos políticos, tienen la firme creencia que son indispensables para el funcionamiento de la democracia. En Argentina, exceptuando los años de crisis político-económica de 2001-2002, es muy bajo el porcentaje de los ciudadanos que piensa que una democracia puede funcionar sin Congreso.

Evidencia 3.

Dado que “votar” es la forma en que los ciudadanos participan en las decisiones públicas, suele interpretarse que la importancia y efectividad que los ciudadanos le atribuyen al voto como herramienta para cambiar la realidad describe el funcionamiento democrático y la calidad de la representación. Aunque el porcentaje de ciudadanos escépticos sobre el “valor” que tiene la herramienta del voto para cambiar la realidad es parecida entre Argentina y Brasil, el porcentaje de ciudadanos indiferentes con respecto a la democracia es mucho más alta en Brasil.

Defender al sistema capitalista. Voy a tomar, con todas las limitaciones del caso, dos indicadores para analizar esta cuestión. El primero, la opinión favorable de los ciudadanos sobre la competencia, en segundo lugar, la importancia atribuida a la globalización. Veamos.

Tomando en cuenta los datos de la encuesta World Values Survey (2010-2014) podemos afirmar que la sociedad brasilera está mucho más convencida que la argentina sobre el valor fundamental del capitalismo: la competencia estimula a las personas a trabajar más duro y a desarrollar nuevas ideas. Un 38% de los brasileros encuestados afirma que la competencia en buena, mientras que sólo un 10% de los argentinos mantiene la misma creencia. En el año 2009 Latinobarómetro preguntó si estaba de acuerdo con la siguiente afirmación: “El futuro de la gran mayoría de personas ya no depende de los gobiernos”. Una forma posible de interpretar este asunto consiste en suponer que la globalización es un proceso histórico que limita fuertemente las acciones gubernamentales. Un 62% de los brasileros encuestados manifestaron que estaban al menos de acuerdo con aquella afirmación, mientras que sólo un 32,5% de los argentinos creían lo mismo.

Interpretando estos dos datos de manera combinada afirmo lo siguiente: en Brasil hay un porcentaje muy alto de la población que cree que la globalización ha llegado para quedarse, que los gobiernos no tienen herramientas para cambiar ese rumbo, pero, además, esto no implica algo negativo, puesto que una proporción bastante alta de los ciudadanos brasileros se encuentra cómoda con la competencia, uno de los principios básicos del capitalismo. En Argentina las cosas parecen ser totalmente al revés.

¿Qué alcance tiene el término “antisistema”?

Criticar a la democracia no hace que los ciudadanos y los políticos se conviertan en antisistema. La definición que provee la RAE es precisa, sin embargo, el uso que se hace de este término en la academia y en los medios de comunicación es muy elástico. En cierto modo hacer política implica tener una visión antisistema, la cuestión es qué y cuánto se quiere cambiar. Desde Marine Le Pen en Francia, pasando por La Liga de Matteo Salvini en Italia, los partidarios del Brexit, la derecha Sueca, el líder Geert Wilders en Holanda, Víctor Orban en Hungría, Podemos y Vox en España, Trump en Estados Unidos, por citar algunos, ejemplifican una variedad amplia de discursos y prácticas antisistémicas, también de tipologías de liderazgos. Pero también serían antisistema, desde una perspectiva puramente conceptual, los movimientos feministas, los movimientos anti-especistas, movimientos ecologistas radicales, los movimientos LGBT, entre muchos otros. Cargar con el mote de antisistema puede ser un orgullo o bien un insulto, dependiendo de quién lo diga, a quién, por qué razones, en qué circunstancias, bajo qué tipo de discusiones públicas, en el medio de qué proceso político-social. Tengo la impresión de que el término antisistema tiene una connotación “buena” y otra “mala”. Cuando el antisistémico es malo, directamente se lo etiqueta de “antisistema”, cuando tiene la connotación “buena” se suprime antisistémico y aparece movimiento, colectivo, grupo, corriente de pensamiento, etc.

Antisistema Modalidad 1. 

Supongamos que una parte importante de la sociedad, tras algunos años de creer en las bondades de la globalización, comienza a percibir, por las razones que fuere, una relación inversa entre globalización y bienestar. Los políticos ven allí una oportunidad para fabricar un discurso antiglobalización, en cierta manera anti-neoliberal y también bienestarista (aunque éste último tenga la forma tan burda como “Make America Great Again”). Supongamos que en esa sociedad hay dos grupos pequeños, pero totalmente enfrentados, por comodidad llamémosle los “nacionalistas” vs. los “liberales”. Cada uno de estos grupos utilizará sus creencias, sus valores y su visión del mundo para fabricar un discurso que permita seducir la mayor cantidad de votantes, esto es apropiarse electoralmente de ese pequeño consenso sobre la relación inversa entre globalización y bienestar. En el caso de Trump ilustra bastante bien este asunto. Él, junto a sus colaboradores, detectaron bastante acertadamente una especie de consenso latente en la sociedad estadounidense sobre la relación inversa entre globalización y bienestar, que fue alimentado, podríamos decir, con discursos xenófobos, misóginos y anti-inmigración. En la opinión pública él aparece como un antisistema. La pregunta es: ¿si Bernie Sanders hubiese ganado las elecciones, diríamos que era un político antisistema?

Antisistema Modalidad 2.

Supongamos una sociedad política en donde sus ciudadanos no perciben que los partidos políticos son un bien público relevante, además hay una crisis importante de representación, aunado a ello ha crecido significativamente la corrupción o la percepción que la ciudadanía tiene de ella. En esa sociedad hay un terreno fértil para que ciertos grupos políticos propongan cambios en el sistema de representación, en el sistema de financiamiento de la política, pero también en explorar variantes poco claras de democracia directa. Los políticos y los partidos de esa sociedad intuyen esta necesidad y obran en consecuencia. Y aunque la sociedad esté dividida entre defensores del capitalismo y grupos anti-globalización, cada uno de ellos tratará de seducir al electorado entorno a la nueva agenda pública. Nuevamente aquí los globalifóbicos son los antisistema “buenos”.

Antisistema Modalidad 3.

Supongamos una sociedad en donde sus ciudadanos se agrupan entorno a dos creencias antagónicas: unos creen en el capitalismo, la globalización y la democracia representativa; los otros son críticos de la globalización, son anti-neoliberales y bienestarifílicos, defienden la democracia, pero están dispuestos a explorar formas de democracia directa. Supongamos que una porción importante de ambos grupos tiene en común una defensa a ultranza de los derechos humanos, las libertades individuales y la equidad moral que la sustenta. En ese contexto, por tanto, a ambos grupos le conviene montarse sobre un discurso pro-derechos individuales para ganar las elecciones. Supongamos que el status quo estuvo caracterizado por la globalización, por tanto, los globalifóbicos son el grupo antisistémico. ¿Quién ha denominado a este grupo como antisistémico? ¿Usted se referiría a los defensores del Estado de Bienestar como antisistémicos? Sinceramente, no lo creo. Y la razón estriba en que son los antisistémicos buenos y por tanto no resulta necesario etiquetarlos como antisistémicos.

Tomando en cuenta las tres modalidades se puede observar que la cuestión de los “antisistema” (y no hace falta aclarar que son los “antisistema malos”) aparece en dos coyunturas muy específicas: i) cuando la antiglobalización hace mancuerna con la xenofobia y la cuestión de los “inmigrantes” y ii) cuando la crisis de los sistemas de partidos, de representación y la corrupción política es interpelada desde posiciones nacionalistas o tradicionales (p.e. el valor de la familia, la religión, entre otros que han dado resultado). El primero ejemplifica el caso de Trump en Estados Unidos, el segundo, con algunas variantes, sirve para identificar el triunfo de Bolsonaro en Brasil.  Así, cuando en la esfera pública nos preguntamos qué alcance parece tener el término “antisistema” no sólo aparece lo que aquí he denominado “antisistema malo”, sino, específicamente emergen o bien en la Modalidad 1 o con variantes híbridas de la Modalidad 2.

Argentina la tierra del antisistema “bueno”.

Tomando en cuenta las tres modalidades antisistema se puede observar que en Argentina no hay lugar para el antisistema (“malo”). En Argentina resulta improbable que el consenso anti-globalización, anti-neoliberalismo y bienestarifílico pueda ser interpelado por grupos nacionalistas, xenófobos o contrarios a la inmigración. El consenso “anti-globalización” es muy fuerte en Argentina y tiene un calado histórico para nada desdeñable. El antisistema en Argentina tiene que ver más con la crítica al capitalismo que al funcionamiento democrático representativo. Según datos del proyecto Élites los legisladores en Argentina son intervencionistas al más puro estilo estatista del siglo pasado. Según datos de 2008 un 63% de ellos consideraba que el control de precios (exponente más acabado de la intervención estatal) es bueno y necesario. Esto datos reflejan una concordancia con las encuestas realizadas por World Values Survey sobre la opinión ciudadana acerca de la “competencia”.

Considero que durante este año electoral resulta probable que Argentina se acerque de manera híbrida a las modalidades 2 o 3. En cualquiera de los dos casos serán el grupo de los “anti-globalización” los que interpelen al consenso de o bien el combate a la corrupción política o a la defensa de la nueva agenda de ampliación de derechos individuales y colectivos. El consenso “anti-globalización” es muy profundo para poder ser interpelado por grupos de nacionalistas trasnochados, bravucones religiosos o xenófobos incendiarios.

Desde que Macri asumió la presidencia los líderes del FPV, ahora devenido en Unidad Ciudadana, le dicen y nos dicen, tanto desde las poltronas del Congreso como desde cualquier atril improvisado en una plaza, que su discurso pro-globalización va a contramano de la historia. Dicho de otra forma: los anteriores gobernantes, y sus simpatizantes, le están diciendo a Macri y a sus partidarios que el mundo occidental se ha dado cuenta de lo acertado de las políticas nacionales y populares implementadas por ellos durante casi 12 años. Y es que esas políticas y los discursos que la sostenían habían logrado interpretar el profundo consenso de la sociedad argentina sobre el anti-neoliberalismo y la anti-globalización. En el año 2009, durante las presidencias de Fernández y Da Silva, Latinobarómetro preguntó si la persona encuestada creía que desde que llegó la democracia las desigualdades habían aumentado, se habían mantenido igual o habían disminuido. Este el resultado:

El consenso anti-globalización es más profundo en Argentina que en Brasil, esto imposibilita que el antisistema “malo” haga pie en Argentina. En Brasil, como lo muestran los datos, no triunfó Bolsonaro porque la sociedad brasilera tenga una mayor propensión ciudadana al “orden” que la argentina, lo que sí tiene Brasil es una mayor defensa del sistema capitalista.

Conclusión

Volvamos a la inquietud que genera zozobra en diversos públicos: ¿hay posibilidades para un proceso de “bolsonarización” à la Argentina? No.

Argumento 1. En Argentina, la evidencia disponible, muestra que los ciudadanos mantienen un apoyo a la democracia muy superior al que ejercen sus pares brasileros. En general: los ciudadanos argentinos parecen estar más convencidos del rol que tienen los partidos políticos en la democracia, la intermediación política en la construcción de la representatividad y el rol positivo del Parlamento en la consolidación democrática.

Argumento 2. En Argentina, a diferencia de Brasil, no hay lugar para los antisistémicos porque predomina el antisistema “bueno”.

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