Problema insoluble y fuera de control

Frases como “políticos corruptos”, “corrupción política”, “roban, pero hacen”, “se roban todo (lo que pueden)” adquieren sentido compartido y construyen un paisaje público en ciertos momentos de desesperanza y hartazgo social-político o en períodos de crisis “cultural” profunda. Los componentes de esas frases no sólo son dúctiles y porosos, son, también, funcionales en diferentes campos semánticos. Corrupción, robar y confianza no sólo pertenecen a campos semánticos diferentes, sino que pretenden clasificar fenómenos cuya naturaleza y alcance también lo son. Robar es un hecho moral, pero empíricamente incuestionable como una roca. La corrupción es, en la vieja tradición latina corruzione, la decadencia persistente e inmutable de las prácticas públicas en beneficio de intereses particulares. La confianza es una valoración subjetiva sobre asuntos intersubjetivos que tienen la finalidad de moldear nuestras conductas, facilitar nuestras decisiones y generar perspectiva-sentido a nuestra vida con otros. Aunque tengan un común denominador (la Ley) la intersección o solapamiento de estas tres dimensiones no siempre resulta clara o evidente y sus diferencias no siempre son, para los públicos ciudadanos de nuestras democracias, nítidas y perceptibles. Las políticas públicas, sus hacedores y responsables no sólo tienen la obligación de pensar en el solapamiento o intersección entre los campos semánticos, tienen, también, la responsabilidad de mirar sus zonas de exclusión.

Todos sabemos que sólo las personas roban y que la categoría “políticos”, como entidad sociológica y moral, puede asociarse a prácticas corruptas, sin embargo, en ocasiones por enojo, frustración, fatiga moral, miopía, más un largo etcétera solemos confundir acciones-responsabilidades con atributos: los “políticos roban”. También sabemos que la confianza es un valor atribuido a entidades morales o jurídicas, así es que confiamos en los “amigos”, en un “juez” o en el “presidente”, mientras que nos reservamos la desilusión hacia Mengano (nuestro amigo de la infancia quien traicionó nuestra confianza), al juez Fulano o al presidente Perengano que falto a su palabra, deshonró su cargo o faltó a sus promesas. Pero en muchas ocasiones todo se confunde, por ejemplo: “desconfiamos de los políticos porque roban”. El punto o momento extremo de esta confusión lo estamos viviendo. Simplificando de manera brutal lo que estamos experimentado se puede presentar así: por un lado, hay una sensación generalizada, en los diferentes públicos ciudadanos, que los “políticos” conforman un cártel que se prodiga mecanismos protectores con la finalidad de dar rienda suelta a la corrupción. Por otra parte, los ciudadanos percibimos que el Poder Judicial sólo está interesado en la hipótesis que la corrupción, como decadencia, sólo existe cuando se puede probar que hay un “acuerdo para robar”. Entre los que defienden la idea que la política sólo sirve para robar y entre aquellos que sólo dicen que hay corrupción cuando podemos demostrar que hay un consenso explícito para robar, lo único que queda es un camino de desazón y desidia. Lo anterior se puede expresar así: los políticos no van a dejar que el sistema judicial les haga rendir cuentas, y el poder judicial no va a proceder a hacerle rendir cuentas a los políticos porque implicaría que ellos mismos tendrían que rendir cuentas. En este contexto parece que ambos grupos razonan así: ─Mejor sigamos alimentando la idea de la imperfectibilidad humana que si bien es costosa, puesto que de vez en cuando nos gritan “chorros”, tiene la bondad de ocultar el costado chabacano, basto e improductivo de las funciones básicas que los conciudadanos nos han encomendado.

En este contexto de confusión el conformismo hace mancuerna con la catástrofe. Un problema insoluble resulta igual de improductivo que las siempre tentadoras ofertas de barajar y dar de nuevo. Pero como todos sabemos que las soluciones del tipo barajar y dar de nuevo no sólo son terroríficas y brutales, sino que son imposibles, puesto que las sociedades no se detienen jamás, el gatopardismo sigue feliz recostado en sus poltronas y una risa socarrona entrecorta su frase favorita: ─Que todo cambie, para que nada lo haga. Las prácticas chabacanas, bastas e improductivas que lleva adelante el Estado seguirán sólidas y estables en el regazo del status quo.

Es verdad que por estos momentos enfrentamos un problema insoluble: el poder político y el poder judicial no se controlan mutuamente, tampoco se controlan a sí mismos. Frente a un problema insoluble tenemos una responsabilidad primigenia: construir un nuevo problema con solución y mientras lo hacemos proceder a controlar el problema insoluble. Actualmente no hacemos ni lo uno, ni lo otro. Tenemos un problema insoluble descontrolado, como torbellino que succiona todo lo que toca.

Según los datos disponibles en Argentina una mayoría contundente cree en el Estado como solución a nuestros problemas, una minoría, por contrario, piensa que llegamos aquí por su culpa. Pero aquí en este disenso valorativo hay un poderoso punto de encuentro para controlar lo que por ahora es insoluble: todos tendríamos un interés legítimo en transparentar el Estado, es decir, el finito pero extenso dispositivo institucional que lo corporiza. Una política activa de cultura de la legalidad y práctica en valores impulsada desde todos los espacios institucionales-organizacionales que componen los tres niveles de gobierno cambiaría en el corto plazo nuestra mirada del actual problema. Políticos, jueces, funcionarios, empleados estatales y sindicatos tendrían que ponerse de acuerdo para transparentar de cara a los ciudadanos (a secas y organizados) cuáles son los valores que defienden y cómo lo hacen. No sólo cumplir las leyes, comprometerse en cumplirlas y, llegado el caso, comprometerse en hacerlas cumplir. La historia nos enseña que pequeños cambios, en muchas ocasiones, hacen la diferencia, puesto que nos hace saber de qué madera estamos hechos. Parafraseando libremente al gran Max Weber concluyo así: los duros palos de la política no se blanden frente a la hoguera, sino en la soledad de la oscura noche polar.

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