Los “niños de azote” y los incentivos mal colocados

La sabiduría republicana y el liberalismo nos han enseñado que para propender al buen gobierno no se trata de cambiar la naturaleza de los hombres y mujeres, sino en regular sus comportamientos. En esta vena, hasta las políticas públicas “constitutivas” tienen un aspecto o costado regulativo.

La política no se trata de contar con mujeres y hombres extraordinarios, sino de hacerlos competir, poner en balance sus ambiciones y, así, intentar equilibrar sus artimañas. En definitiva, consiste en remacharlos al duro banco de la naturaleza humana para que lidien con sus pasiones e intereses, aprovechándonos de sus más sinceras ambiciones. Cada quién en su desventaja quiere producir una ventaja, el que las tiene quiere acumular poder y el que lo tiene aspira a no perderlo. A la arena política no entran ángeles, entran personas que tienen profundas ambiciones, con pasiones y creencias encontradas que resuelven, la mayoría de las veces, como pueden y no como quieren, menos aún como deberían.

Pero lo que nosotros, en una democracia, hacemos con los políticos, éstos lo hacen, también, con nosotros. Ellos nos hacen competir, movilizan nuestras pasiones, trabajan sobre nuestros prejuicios, refuerzan nuestros sesgos cognitivos. En definitiva, mientras nosotros como ciudadanos tratamos de regular el comportamiento de los políticos, ellos, denodadamente, invierten tiempo y esfuerzo en regular el nuestro. Ellos nos ponen ciertos incentivos para que nosotros nos movamos en cierta dirección, mientras son movidos por los incentivos que nosotros le lanzamos. Esto funciona relativamente bien mientras los incentivos están bien colocados y resultan eficientes para sus propósitos, y aunque todo el mundo sabe que los incentivos están allí, preferimos creer que son conductas genuinas que emergen de manera autónoma. El problema comienza cuando tanto políticos como ciudadanos comenzamos a poner incentivos que no funcionan o le damos nalgadas al niño equivocado. Por cuestión de espacio tomaré dos ejemplos de los tantos que hay.

Muchos politólogos creen que entre un sistema sólido de partidos y mayor participación (entendida como candidatos extrapartidarios, ciudadanos, independientes, en definitiva miradas frescas y no contaminadas por la férrea lógica partidista) hay que optar por dos cuernos valiosos de un dilema: por un lado, si el sistema de partidos es sólido éstos son el primer filtro que depura candidatos, construyendo un sendero de profesionalización política sólida y responsable; por otro, la apertura a candidatos extrapartidarios incrementa la participación horizontal, aunque se prepare, como muchos sostienen, un terreno fértil para la demagogia. Los ciudadanos eligen junto a sus políticos entre los cuernos del dilema, sin embargo, nada nos lleva a pensar que un Vicegobernador elegido y en funciones no tenga que renunciar a su cargo para hacer campaña en las elecciones de medio término del Congreso Nacional, y ya electo Diputado de la Nación Argentina pasaron varios meses hasta que el Estado provincial dijera e hiciera algo al respecto. Los ciudadanos de esa provincia deben de haber pensado (¡y con razón!) que este político era Diputado Nacional al tiempo que presidía la Legislatura Provincial. Actualmente, siendo Diputado Nacional ha manifestado querer ser intendente de la capital provincial. Con el corazón en la mano, dígame: ¿Usted no quisiera un trabajo con ese tipo de incentivos? Si lo consigue y el dueño de la empresa no es un familiar suyo que lo ama por sobre todas las cosas, por favor, escríbame, deseoso me gustaría saber quién es esa generosa persona que le permite hacer todo eso. Pero mientras consigue esos beneficios, no se olvide que tanto Usted como yo somos esos generosos altruistas que financiamos a ese múltiple candidato que viaja en esa especie de limbo temporal de atribuciones y responsabilidades.

Está más que claro que en Argentina los políticos disfrutan de incentivos que si los pensamos más de una vez no le hubiéramos permitido que los tengan. Pero hay más. Piense en algún gobierno nacional que en algún momento de la historia implementó un programa de subsidios a la sustitución de importaciones. Para simplificar, pensemos en el sector de ensamblaje de ordenadores personales. Pasa un quinquenio, llega otro gobierno, enfrenta otras circunstancias o movido por otros objetivos, decide quitar los subsidios o abre la importación. Frente a ese cambio de reglas los ciudadanos esperaríamos que las nalgadas vayan en el sentido correcto: las empresas que se llenaron los bolsillos en la época de subsidios. Si eso pensó, me temo que se volvió a equivocar. Las nalgadas van en otra dirección: hacia los trabajadores o bien a los consumidores (que no tendrán nunca los precios que un mercado desregulado promete, ya que habrá que subsidiar de nuevo para que la empresa no cierre).

Incluso en las sociedades complejas parece imposible erradicar la cuestión de los “niños de azote”. No se asusten, no estoy hablando literalmente: el buen Rey Fernando VII los prohibió en el siglo XIX. Ya no estoy hablando de una institución, tampoco de una práctica, sino de unas motivaciones poderosas para actuar. Los “azotes” en las nalgas de otro implica que no sólo otro enfrentará las consecuencias de mis actos, sino algo más profundo, que consiste en mostrar que eso es lo “bueno” para que yo aprenda a asumir mejor mis responsabilidades en el mañana. Quizá, sin saberlo, muchos ciudadanos tenemos a lo largo de nuestra vida cívica esa vieja y noble profesión. Como se sabe a lo largo de los siglos XVI a XVIII los “niños de azote” (estimo que también hubo “niñas” aunque no he encontrado historias sobre ellas) suplantaban al príncipe heredero con sus trémulas nalgas. Pero que la persona lectora no se equivoque, en aquellos siglos muchas personas estaban deseosas que sus hijos se conviertan en “niños de azote”, muchos de ellos llegaron a ocupar importantes cargos en las cortes.

La moraleja que quiero compartir es que los votos sirven para sacar y poner gobiernos, pero no para darle sus nalgadas. Las nalgadas sirven para regular el comportamiento de los gobernantes mientras son gobierno. Por eso son tan importantes. Aunque a veces como ciudadanos pensemos que siendo “niños de azote” obtendremos algún beneficio particular, resulta provechoso recordar que Enrique IV de Francia no permitió que hubiese en su corte niños de azote, él quería que el Delfín (el que sería Luis XIII) recibiera las nalgadas en sus propias nalgas. Si Enrique IV permitió que le dieran nalgadas al príncipe, por qué privarnos de darle a nuestros políticos, de cuando en cuando, unas pequeñas nalgadas.

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