La corrupción argentina entre el sándwich esloveno y las uvas de Toledo

En Argentina hay hechos o eventos que nos resultan extraños. La renuncia de Darij Krajcic a su banca de diputado en el Parlamento esloveno resulta, en medio de nuestro paisaje público, cuando menos extravagante. Krajcic, diputado oficialista, confesó haber salido de una tienda de comestibles sin pagar un sándwich. Aunque Krajcic presentó este evento como un “experimento social” para demostrar cómo fallan los controles gubernamentales sobre las políticas de protección a los consumidores, la opinión pública lo destrozó y, convencido o no de su impropio accionar, dimitió. Frente a esta noticia, que hasta donde sé no fue levantada por los portales de noticias del país, cualquier ciudadano argentino puede formularse la siguiente pregunta: ¿cómo es posible que en Eslovenia un diputado oficialista renuncie por “robarse” un sándwich mientras acá ……? (Rellene los puntos suspensivos con lo que más se acerque a su sentir).

La cuestión de la dimisión no pasa porque Eslovenia tenga, según Transparencia Internacional, un puntaje de 60/100 mientras que Argentina sólo de 40/100, lo que hace que nosotros seamos unos 20 puntos más “corruptos” que ellos, sino que lo relevante está centrado sobre un aspecto sobre el que no me canso de insistir: “robar” es un hecho sólido como una roca, la “corrupción” es siempre un objeto disputable. Frente a un robo podemos, y a menudo lo hacemos, analizar las intenciones del ladrón, pero nunca el hecho en sí mismo, frente a la corrupción, por otra parte, no sólo cuentan las narraciones sobre las intenciones, sino que lo disputable resulta ser el hecho. Ilustraré este asunto con un pasaje iluminador de la picaresca clásica española.

En el Lazarillo de Tormes hay un pasaje intitulado “Cómo Lázaro se hizo guía de un ciego” que ilustra a la perfección el problema de la “corrupción”. El ciego tras obtener como limosna un maduro racimo de uvas le dice a Lázaro que las comerán de una en una. Luego el ciego toma dos, a lo que Lázaro comienza a comer de tres en tres, el desenlace resulta fatal, pero iluminador. ¿Quién rompe las reglas? ¿Las quebranta el ciego o Lázaro? ¿El ciego espera que Lázaro lo corrija o que lo imite? ¿El ciego cándidamente espera que Lázaro siga proporcionalmente su trampa? ¿El ciego se enoja con Lázaro por haber quebrantado las reglas o por ser más ambicioso que él? ¿El ciego, la metáfora de la venda en los ojos, no puede corroborar sino hasta el final el engañó perpetrado por Lázaro? ¿O el ciego juega a que Lázaro ni lo corrija ni lo imite justamente a causa de la venda que lleva?

Mediante estas preguntas quiero realzar lo siguiente: no importa el objeto (contenido) que da lugar a la disputa inicial-final entre el ciego y Lázaro, sino que lo relevante es la existencia ambigua de las reglas. El mensaje final que quiero compartir es el siguiente: en medio de la corrupción si bien importa el objeto que se deteriora (que se corrompe), más importante aun es la evaluación subjetiva que hacemos sobre las “trampas”. Para ejemplificarlo: no importa si el ciego es un secretario de un político, mientras que Lázaro es un político y las uvas son presupuestos o información privilegiada (nunca se olvide que una persona que asume el rol de secretario es aquél que guarda “secretos”). O al revés: resulta irrelevante que el ciego sea un presidente y que Lázaro sean sus “colaboradores”. De manera más amarga: el ciego puede ser un afiliado a una obra social, Lázaro puede ser un gerente y las uvas los medicamentos. El asunto aquí es que las “trampas” se diluyen entre las múltiples perspectivas, no hay un lugar para mirar las trampas, las trampas son un tejido que tienen sentido de manera horizontal, lo que impide un punto de vista externo.

Hasta que no entendamos que la corrupción es decadencia institucional estaremos atrapados en las perspectivas, es decir, en la multiplicidad de las “trampas” que el ciego le prodiga a Lázaro y viceversa. Frente a este panorama no falta el que vocifera que cualquiera puede hacer “trampas” porque puede hacerlas, sin embargo, resulta necesario complementar dicha diatriba con la siguiente afirmación: no todo aquél que puede hacer trampas las hace. Las “trampas” es también un hecho moral, menos sólido quizá que “robar”, pero igualmente denso como para describir la realidad de una sociedad. Y los hechos morales existen porque las personas aceptan no sólo su utilidad, sino porque creen que son correctos. Hacer “trampas” porque se puede no sólo es pensar inocentemente que los otros son ciegos, es participar en un juego sinfín: hago trampas porque los otros las hacen. Sin embargo, aunque las “trampas” calan fecundamente en la dimensión mimética de ese animal llamado humano, también resulta imprescindible recordar que la moral sólo es posible si aceptamos que miméticamente construimos nuestro mundo compartido.

No importa si hablamos de grandes presupuestos, de las maduras uvas de Toledo o de un simple sándwich esloveno, las sociedades que logran construir un mundo compartido lo hacen porque entienden que no hay forma de resolver los grandes problemas sin atender los pequeños asuntos. Y los pequeños asuntos siempre son los más difíciles de atender, sin embargo, resultan inevitables. Argentina podrá postergar una y otra vez el asunto de la “corrupción” pero como dice el refrán “no hay fecha que no se cumpla, plazo que no se venza, ni deuda que no se pague”. Quizá tomemos cartas en este asunto cuando entendamos que la deuda es, ante todo, una deuda que tenemos con nosotros mismos.

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