Para correr a un dictador no hay protocolo

Hasta donde sé, Ustedes me corregirán, no hay un protocolo para echar un dictador. Utilizo protocolo como término amplio que incluye: manual, buenas prácticas, consejos útiles, etc.; y escogí la palabra “echar” porque a un dictador se lo corre, más no se lo destituye. Se destituye aquello que legal y legítimamente se instituye. El problema con Venezuela es que muchos actores internos, como así también internacionales, no están dispuestos a admitir, por los intereses que fuere, que Maduro es un dictador. Frente a esta situación se abren, al menos, dos situaciones y un falso interludio.

Situación 1.  Para los defensores de Maduro, para simplificar el asunto, lo que viene sucediendo es lo más parecido a un golpe de Estado, creencia que hace, en su diagnóstico, mancuerna con la voracidad de los intereses extranjeros y su relación con una oligarquía extranjerizante. Supongamos, por un momento, que las razones que expresan argumentalmente los defensores de la Revolución bolivariana son justas, correctas y legítimas. El problema moral para Maduro recién comenzaría cuando las FF.AA. comiencen a dudar de las órdenes del Poder Ejecutivo. Ahí comienza el problema para Maduro y sus defensores porque van a tener que enfrentar la siguiente decisión: ¿Es correcto defendernos de un golpe de Estado con milicias irregulares? Puesto de otra manera: un golpe de Estado en una democracia se somete mediante el monopolio legal y legítimo de la fuerza pública, dando luego lugar a los procesos judiciales correspondiente. Aparentemente, Maduro no ha sido alcanzado por este asunto, pero todos podemos intuir que acecha.  

Situación 2. Los que consideran que Maduro es un tirano y que Venezuela hace mucho dejó de ser una democracia ya enfrentan un problema moral de gran calado. Este asunto puede presentarse mediante una pregunta: ¿cómo echar un dictador mediante procedimientos mínimamente democráticos? Puesto de manera directa: ¿cómo recuperar la democracia sin un enfrentamiento entre hermanos? Me temo que frente a esa pregunta la historia es un almacén en donde escasean las buenas noticias.

Falso interludio. Los que tercian entre ambos bandos levantando las banderas del diálogo prometen un accionar moralmente encomiable, pero les tengo, también pésimas nuevas: son prisioneros de la semántica. Si por dialogar estamos entendiendo parlamentar libremente, tengo que decir que ese momento ya hace tiempo que pasó. Si por dialogar, estirando el concepto, están entendiendo negociar o establecer compromisos se abre la trágica pregunta: ¿quién va a escribir el guion preliminar de las negociaciones? Claramente tiene que ser un tercero observante y tiene que tener no sólo legitimidad frente a las partes, sino alguna cuota de poder para hacer cumplir los acuerdos. Aun estirando el concepto resulta poco probable que emerja ese tercero observante.

Nadie sabe qué pasará en Venezuela, puede haber múltiples desenlaces, puede, también, abrirse un largo proceso, más largo todavía. Me preocupa lo descrito en la Situación 1, pero también la 2. Y me preocupa la Situación 2 porque a veces los buenos ciudadanos se ven obligados a hacer el mal, para evitar que un mal más grande se apodere de todos nosotros. Aunque luego tengan que cargar con la culpa de haber actuado incorrectamente. La idea que está detrás de las anteriores palabras no es mía, sino de Arendt.  Autora a la que le debemos certeros análisis sobre la maldad, los hombres y los tiempos oscuros, sobre eso sabía bastante, tanto como para que recordemos que la democracia puede devenir en una tiranía, pero también para saber que una democracia no nace democrática. En lo último descansa la responsabilidad moral sobre qué hacer.

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