2020: el año en el que todos quisiéramos que 4 fueran 6

Muchas fueron las razones -y también los intereses- que motivaron que, en Argentina, el mandato presidencial se acortara de 6 a 4 años, Pacto de Olivos mediante. Y si bien no es este el momento para hacer un balance de costos y beneficios de dicha modificación, sí lo es para realzar un hecho: desde la reforma constitucional del ’94, ningún presidente emprendió un plan de ajuste y estabilización. Veamos.

A De la Rúa, el ajuste espontáneo del mercado se lo llevó por los aires. Seguidamente, Duhalde asumió para estabilizar el ajuste, es decir, para que ningún presidente electo tuviera que hacerlo. Así, los posteriores mandatarios pudieron esquivar el ajuste, hasta 2015, cuando Macri apostó por el “gradualismo”.

Ahora bien. Lo que quiero resaltar es que 4 años es muy poco tiempo para que un presidente haga un ajuste y logre estabilizar la economía en los primeros 2, así gane las elecciones de medio término e, inmediatamente, prepare su reelección.

En otras palabras, el problema es que, con períodos de 4 años de gobierno, si el próximo presidente no recibe el ajuste terminado y la economía medianamente estabilizada, resulta muy difícil que los 2 primeros años le resulten suficientes para ajustar, al tiempo que recoger los beneficios electorales de los ciudadanos.

Pero ya asoma la pregunta: ¿Acaso Macri no hizo el ajuste? Si la respuesta es , entonces quien gane las elecciones de este año tendrá chances de quedarse con los comicios de medio término del próximo período. Pero mi respuesta es que no, y por eso el título de esta nota: tanto los ciudadanos, como los políticos y los inversores, en 2020 todos desearemos que el horizonte sea de 6 años. Pero, lamentablemente, serán solo 4.

No obstante, cabe analizar quién tiene que resolver el asunto sobre si el ajuste ya se hizo, y si se completó, o cuánto falta ejecutar. Y es claro que la actual oposición es la que debe intentar responder a ello. Sin embargo, no creo que los peronismos, -múltiples, pero también antagónicos- confluyan en una misma respuesta.

Las divergencias hacia adentro de la oposición, no sólo se observan en el plano epistémico, es decir, el de los hechos; también hay notables diferencias respecto de los intereses que se montan sobre los hechos, verbigracia, qué conviene hacer.

En este sentido, Todos contra Macri puede sonar a pintoresco slogan, pero qué hacer con la crisis es un asunto que involucra intereses, es decir, ganancias y pérdidas políticas. Más allá de los destinos del país, -o sea, de nosotros- ese balance de fuerzas es el corazón de las reglas que regulan y hacen posible la democracia. Éstos son los típicos juegos en los que se inmiscuyen aquellos que buscan y ejercen el poder.

La verdad es que ni el gobierno, ni la oposición (siempre en plural) creen que el ajuste ya se hizo. Todos saben que falta aún más. La pregunta es cuánto más y cómo hacerlo. Nadie este año hablará al respecto, pero todos harán sus cálculos. Esto se puede ilustrar de la siguiente forma: el gran fracaso de este gobierno ha sido su “gradualismo”, pero también su estrategia de sobrevivencia política.

Si la actual administración hubiera realizado el ajuste total y completamente, la oposición no necesitaría preguntarse cuánto más falta. Si el gobierno hubiera manifestado la voluntad de consumar el ajuste, la oposición se hubiera dado maña para acompañarlo sin quedar pegada a él, porque al final el premio era grande: toda oposición quiere gobernar sobre terreno despejado y estable. Como todos saben que todavía falta, todos van a hablar de ello en un lenguaje esotérico.

En los próximos meses, unos dirán que lo que hay que hacer es conciliar una nueva versión del bienestar mediante restricciones fiscales (léase, control sobre el déficit primario, reprogramación de la deuda soberana, reforma fiscal). Otros, en cambio, afirmarán que el bienestar sólo es posible mediante la ampliación de la demanda (vale decir, hay que tomar dinero que no se tiene, echarlo a circular y cruzar los dedos para que no se distorsionen aún más los precios relativos).

Lo cierto es que nadie sabe qué hará, hasta dónde y cómo, porque todavía no saben con quién podrán hacerlo. Lo que cada grupo político tiene son borradores de políticas, carpetas de proyectos, escenarios alternativos. Lo que vaya a suceder, nadie lo sabe. Porque sólo la elección acomodará a los actores con sus fichas para iniciar el juego, que, -por si lo olvidaban- sólo durará 2 años.

Así las cosas, nuestra mayor ambición para el 2020 es que el candidato que llegue a la Rosada tenga un plan de estabilización. Olvidémonos del crecimiento.

Todos los competidores nos van a taladrar la cabeza con discursos sobre el crecimiento, desarrollo, políticas públicas de largo plazo, acuerdos, consensos, más un largo etcétera. Usted, como elector, escúchelos, qué más puede hacer. Sin embargo, enfóquese en tratar de pescar el hilo de la cuestión de la estabilización. Ahí está el asunto principal del juego que todos jugaremos el año que viene.

Todos los jugadores políticos apostarán en grande, pero lo importante es, como en todo juego, ver sus fichas. Que es lo mismo que decir: habrá promesas por doquier, lo importante seguirá siendo la realidad.

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