La salud de las democracias, según el cristal con el que se las mire

En este mundo interconectado y voraz tendemos, como si de un sesgo cognitivo se tratara, a identificar descontento o malestar social con falta de democracia. Sin embargo, las cosas no son tan lineales. En ciertos casos, el mal humor en la opinión pública reclama más o mejor democracia, desde la democracia; en otros, en cambio, la calle pide a gritos una gota de democracia. No es lo mismo. Veámoslo en ejemplos actuales.

El próximo 18 de abril habrá elecciones presidenciales en Argelia.  El actual presidente, Abdelaziz Bouteflika, octogenario y hospitalizado en Ginebra, quiere mantenerse en el poder bajo el slogan “nosotros o el caos”. Bouteflika asumió la presidencia en 1999, es decir, que lleva dos décadas ininterrumpidas en el poder, pero pretende continuar.

Sin desconocer que hay muchos elementos por analizar, el problema Argelia es bastante simple: la democracia, directamente, no funciona. Por eso los jóvenes argelinos colman las calles de Argel y de París, pidiendo alternancia en el poder, una de las características elementales del sistema político más justo hasta hoy.

Ahora bien. Mientras los argelinos viven un momento decisivo, en París Emmanuel Macron acaba de difundir una carta abierta a los ciudadanos del Viejo Continente. “Por un renacimiento europeo”, tal el título de la comunicación propalada a través de múltiples canales y plataformas, también debe ser leída como la expresión de un momento crucial para los franceses.

Es que, en mayo del corriente, se celebrarán elecciones en el Parlamento Europeo. Y en ese contexto, Macron pretende relanzar Europa. El Brexit ha sido un golpe brutal, pero también una amenaza que crece con fuerza en ciertos espacios de la Unión. En los rostros de líderes políticos de la nueva generación, Macron entrevé, con preocupación, la imagen de un nuevo Brexit.

Y tiene razones para preocuparse, Macron, porque si, en Argelia, los jóvenes no logran construir un reemplazo a la gerontocracia de Buteflika, es factible que la nieta del histórico líder de la derecha Marion Maréchal-Le Pen exprese algo más que la histórica porción del electorado que su tía (Marine Le Pen) maneja a través del Frente Nacional. Marion puede convertirse en portavoz de los nuevos votantes, y representar una amenaza bien grande.

En ese escenario, es posible que termine germinando una idea fatalista: que los franceses sientan que están subordinados al proyecto europeo. Y ese pesar, probablemente rebase el marco económico, porque el proyecto de la Unión Europea siempre fue político.

Así, pues, Macron, por estos momentos, tiene la responsabilidad de encauzar democráticamente una insatisfacción, pero que es el resultado del funcionamiento democrático, no de su ausencia. El problema francés pertenece al tipo 1, mientras que Argelia se ubica en el tipo 2 de los descritos al principio de este artículo.

Mientras, en el verano meridional, el Grupo de Lima se propuso colocar, de nueva cuenta, a Venezuela sobre la senda democrática, al tiempo que el régimen cubano implementó un referendo para cambiar la Constitución vigente desde 1976.  

El régimen cubano, que no es una democracia, obtuvo un 86,85% de adhesiones. Los cubanos votaron, al parecer, cambios que permiten modificaciones en la organización económica del país, pero no en los pilares del régimen político. Así, la insatisfacción democrática cubana parece haberse disfrazado de esperanza de cambio económico, quizá como expresión de la resignación de saberse con pocas chances de instalar una verdadera democracia en la isla.

Por su parte, Maduro, como es de público conocimiento, resiste los embates del Grupo de Lima, pero en esa suerte de resistencia, no está solo. Lo secunda un grupo de silenciosos pero afilados defensores. Uno de ellos es Vladimir Putin, quien actualmente es noticia por promover una ley que penaliza los insultos hacia el Estado, sus representaciones simbólicas y a los organismos del gobierno.

Opositores a Putin, pero también aliados como el líder nacionalista Vladimir Zhirinovsky, opinan que esta legislación le otorga al gobierno una amplia capacidad de maniobra y gran discrecionalidad para manipular la opinión pública. Y esta restricción a la libertad de prensa ya parece constituir una tradición en la era Putin.

De hecho, desde junio de 2014 rige la legislación que prohíbe, con censura y multas, el uso de palabras malsonantes y soeces dentro del gran abanico de los productos culturales. Para Putin, apoyar a Maduro es una forma de dirigirse a Pedro para que entienda Juan. Es, diríamos, un tiro por elevación para sus propios connacionales.

En otras palabas, el apoyo de Putin a Maduro es una clara señal del tipo de régimen político que quiere el primero para la Madre Rusia. Los datos son siempre esclarecedores. Tomando en cuenta el índice que mide el “status democrático”, Rusia alcanzó, durante 2018, el pobrísimo 4.6, mientras que un desempeño aún peor (3.8) obtuvo Venezuela. 

Esos números deben interpretarse de la siguiente manera: en la calificación de Bertelsmann Stiftung, que elabora los indicadores consignados, una autocracia consolidada (Venezuela) recibe apoyo de una autocracia moderada (Rusia). En estos casos, la insatisfacción ciudadana venezolana requiere democracia, pero no la obtendrá de Rusia, puesto que Putin le está mostrando a los ciudadanos rusos un espejo en donde mirarse: Venezuela.

Las democracias siempre enfrentan el desafío de producir más democracia desde la democracia, y por eso son sociedades democráticamente insatisfechas. Venezuela y Argelia, en cambio, ruegan por democracia. Las insatisfacciones son expresiones de descontento, pero no son todas iguales. Aunque la búsqueda del poder sea una constante, una democracia de calidad genera sus mecanismos de control. Control que estuvo ausente en Argelia y en Venezuela, pero también en Rusia.

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